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Oda a la guerra social.

“O bien formas parte del problema, o bien formas parte de la solución…. Y entre estos dos puntos no hay nada” nos decía Ulrike Marie Meinhof, y así lo supieron ver mucho antes aquellas generaciones de nihilistas que lucharon con pólvora y fuego contra los templos de la ley y el orden. Los que despreciaban el hedonismo material y se entregaban a pecho descubierto en el ataque de los siervos armados a las órdenes del zar, policías y militares.

Pero no sin antes haber hecho una gran labor pedagógica a través de extensos estudios que evidenciasen la injusticia ética y moral por el que se regían los actos del terror zarista. Las mismas generaciones de manifestantes que gritando y protestando en múltiples actos públicos, repartían octavillas subversivas incitando a la insurrección de los individuos. Pero que, a su vez, se solidarizaban apoyando fugas y motines en las prisiones que enjaulaban el coraje indómito de aquellos compañeros que habían caído en las garras de quienes habían declarado la guerra al ser humano por luchar por su dignidad.  A modo de filigrana, dibujaron un mundo en el que la autoridad sería continuamente perturbada y cuestionada; en las que hormiguean los asesinos dedicados a acorralar sin descanso a los déspotas para eliminarlos, recordando el alto precio a pagar cuando se destruye la igualdad para someter a los demás. El tiranicidio como rutina revolucionaria y parte de un programa político para garantizar que, pese a la inclinación del individuo por la dominación, siempre habrá un modo de disuasión para toda deriva autoritaria.

               Lo que pretende el siguiente texto es defender la actualidad de la causa revolucionaria que con tanta claridad y acierto supieron ver a mediados del s XIX, y al mismo tiempo repetir y aclarar todas aquellas circunstancias que le impiden salir del oscurantista ostracismo y la marginalidad en la que se encuentra el nihilismo dentro del imaginario social. Tenemos que recuperar la historicidad de la causa que defendemos, ante las críticas que consideran que nuestra propuesta es utópica e inaplicable, solo podemos decirles que ella ha sido la expresión de un movimiento histórico que no ha cesado de aparecer, reaparecer y dejar huella en diferentes partes del mundo y durante gran parte de la historia social. En este sentido, se hace obligatorio reusar la dicotomía entre pragmatismo y revolución; si la declaración de intenciones no consigue trascender en praxis, no es más que charlatanería y verborrea populista. El proyecto revolucionario es la emergencia radical de elementos y prácticas antagónicas que consiguen confluir de forma hegemónica en un momento determinado, por el hecho de que venían siendo precedidos por las circunstancias sociales e históricas. Alejados de la inmovilidad impotente del perfeccionamiento ideológico, supieron generar rupturas en la vida real, demostrando que dichas rupturas se dirigían de una forma iconoclasta contra las convenciones y constructos sociales.

A día de hoy la ruptura es tan necesaria como posible, o más lo primero que lo segundo. Vivimos en un eterno retorno hacia el consumo asegurado, barnizado de bienestar, pero el colapso de la civilización no es un punto finalista, sino un proceso que lleva ya mucho recorrido hecho, pero de una forma tan lenta y progresiva que es casi imperceptible, para nuestra capacidad de observación, por lo que hemos normalizado e interiorizado una precariedad y pobreza permanente y degenerativa, gracias a la falsa idea de que es un periodo transitorio y reversible. Pero si somos capaces de girar radicalmente las organización política y económica es solo a través del desarrollo de las experiencias pasadas a través de su estudios y compresión. Crear las condiciones para el desarrollo de la soberanía de la comunidad y a su vez, no negar el desarrollo y superación individual, alejándose de las operetas de las elecciones políticas, secuestradas por las minorías tecnócratas y sin mayorías ni minorías silenciosas, tenemos que dejar de ver las praxis como una sucesión de ecuaciones preconcebidas para convertirlas en un trabajo político realizado desde la base como herencia de una historia de luchas. Ver la praxis como la extensión de una línea de actividad precedente, viendo las enseñanzas de la escuela nihilista como una base para ir más allá. Siempre proyectando la lucha como una fase más sujeta a su carácter provisional a la espera de otras propuestas teóricas y prácticas más eficaces en las circunstancias materiales que sucedan a las actuales. Crear una máquina de “guerra social” que mediante una red de sinergias se conecte diferentes posiciones y habilidades personales, en la que todos y todas puedan participar asumiendo diferentes tareas que se complementen entre sí para crear “especialistas” de toda índole. El conflicto que rompe con la lógica de la paz opresora, te expone generando desgaste entre los integrantes que asumen dicha tarea, es algo que equivale a asumir una tremenda responsabilidad frente al cuerpo colectivo que se encuentra en lucha. Así nos lo enseñaron las diferentes oleadas de revolucionarios nihilistas, en cuyas organizaciones se repartieron y asumieron diferentes tareas, con mayor o menos exposición, pero todas ellas imprescindibles en la empresa para derrocar al régimen zarista. De ellos tenemos que saber leer entre líneas que, para nuestra supervivencia en el conflicto, es necesario cuidarnos los unos a los otros, que la figura atomizada y autosuficiente de los soldados no es la nuestra, sino que es parte de esa realidad que queremos derrotar. Partimos del reconocimiento de nuestra fragilidad que nos haga ser conscientes sentirnos apoyados y reconocidos nos empuja a ser capaces a actuar. Reconocer y acompañar los momentos mas delicados de la vida: la enfermedad, el duelo, la vejez… es potenciar esos lazos para participar en la guerra social en curso. Al compañero la mano extendida, al enemigo el puño cerrado.

La sola idea de tejer una estrategia se considera caduca, pero la dispersión y el inmediatismo han sido siempre el talón de Aquiles de todo movimiento revolucionario. Incorporar a nuestra acción un plan estratégico es lo opuesto a actuar sin visión de futuro. No debe bastar el cúmulo de vivencias y experiencias, no es suficiente del eterno reciclaje de prácticas y espacios, reducidos mayormente a disturbios de pocas horas o charlas en casas okupadas. Pensar y actuar así hoy en día es inadmisible. Las prácticas para debatir el espacio a las fuerzas del orden y el bloqueo al flujo de mercancías son de sobra conocidas, pero pueden y deben reinventarse en pro de su efectividad. Dejando claro que la colonización de la vida por el mercado y el Estado, llevará irremediablemente a una guerra social, la confrontación directa es inevitable. Como decía Frantz Fanon “no hay acto de ternura que pueda borrar las marcas de la violencia, solo la violencia misma puede destruirlas”, se debe entonces, incluir bajo una estrategia común el plano de la hegemonía militar y la dominación del plano cultural, es decir, no disociar la tarea de la destrucción y la labor emancipadora y creadora. Previsiones estratégicas y atención a la cotidianidad. Las reglas cambian, pero el antagonismo sigue, un bando gana y otro pierde. Hemos aprendido que nuestras posibilidades de felicidad crecen cuando el pacto de la paz social se rompe.

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