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Trabajo asalariado, no gracias.

El primer paso que debemos dar al hablar sobre el trabajo es su conceptualización, qué diferencia hay entre labor y trabajo. A lo largo de nuestros día a día realizamos múltiples tareas que implican un esfuerzo, tanto físico como mental, pero solo algunas están remuneradas a través del salario, aunque ambas tengan un valor productivo. Pero de lo que se hablará a continuación será de la concepción marxista del trabajo desde el punto de vista del materialismo histórico, es decir, todo aquel esfuerzo que general plusvalor de capital. El neoliberalismo es quién determina qué es trabajo, mercantilizando esas partes de la vida en función de la rentabilidad que pueda obtener de ellas. Aunque en este punto también podríamos incluir aquellas actividades ligadas a la reproducción social, ya que, aunque no generen valor productivo, sí son garantes de ese plusvalor. El trabajo, o bien se halla en el trabajador o bien ha salido de este, es decir, o es la fuerza de trabajo capaz de producir o es el producto ya finalizado, la mercancía. El trabajador no puede vender los productos que mencionamos por no ser el propietario de los medios de producción, pero en el caso de que lo fuese, tampoco sería propietario, ya que tendría que vender los frutos de su trabajo para poder vivir y, por lo tanto, el capitalista no puede comprarle más que fuerza de trabajo.

¿Es cierto que la plusvalía que se apropia el patrón es un robo? A ver, honestamente, no. Hay una primera fase, la del intercambio, donde la clase asalariada acepta las condiciones propuestas por el capital, en el momento de su contratación, cuando se negocia el pago de un salario en tiempo y forma. Lo que sí pasa es que el trabajador sigue trabajando en el proceso de intercambio (el acordado según el valor de la fuerza de trabajo en el mercado laboral llamado tiempo de trabajo) y sigue haciéndolo en la fase de producción (que es donde se genera la plusvalía, llamado tiempo de destajo), y es aquí donde la clase capitalista se apropia de un excedente (aquel que supera en tiempo a la fase de intercambio, más la venta del producto), no lo roba, sino que se lo apropia gratuitamente por el hecho de ser la clase propietaria. Vende la masa mercantilizada en el mercado recuperando la inversión del pago a la clase trabajadora (ganancia), y se apropia del excedente de el valor, se apropia de algo que no ha producido, la burguesía por su propia estructura jurídica, no considera que sea un robo (la ganancia no es un robo), ahora, que sea una explotación económica es un hecho objetivo y real, pero no es un problema ético para la burguesía porque no es un robo sino una apropiación derivada de una explotación. La burguesía considera que es una relación de igualdad, ya que se paga lo pactado durante la primera fase, pero omite que dicha fase es opaca, por no mostrar toda la información al no considerar que está obligada a ello. E incluso todas las leyes laborales, conforman la misma estructura jurídica que legitima esa apropiación, es el marco que propicia lo que estamos hablando. Esas pequeñas derrotas y victorias de derechos, en el fondo, legitiman nuestra propia explotación.

La superación del trabajo asalariado es tan necesaria como inevitable para el progreso social, como lo fue la abolición del trabajo esclavo o el trabajo servil. A día de hoy es ilegal el servilismo o la esclavitud ¿por qué nos escandaliza tanto la idea del derrumbe de la estructura productiva del capitalismo? Creo que el problema de esta incapacidad reside en la no coacción física; el esclavo estaba coaccionado a trabajar, mientras que la clase trabajadora de hoy no se siente obligada físicamente a vender su fuerza de trabajo. Pero ¿no es apartheid en la carrera social una forma de obligación? Si no tienes acceso al mercado del consumo por no participar de la rueda productiva ¿no se ejerce coacción?  

Lo que no podemos hacer de ninguna forma, es separar la naturaleza del trabajo en relación con la propiedad privada, si abolimos la propiedad privada mediante la socialización de los medios de producción, pero no abolimos el trabajo asalariado, lo que estamos haciendo es garantizar que reaparezcan de nuevo la estructura de las relaciones capitalistas. No sé si hay que dar una tregua en el tiempo donde el trabajo asalariado se mantengan para superar a la sociedad del capital, y más si entendemos que esta fase sería heredada de un conflicto entre las clases sociales, es decir, la postrevolución donde las condiciones materiales de vida estarían maltrechas. Pero una vez que la sociedad se ampare en su propia estructura, es el momento donde la fase de superación del trabajo asalariado es una obligación dejando atrás a propietarios, administradores, gestores… es la gran disyuntiva que hay con el marxismo, que nos convencía que la propiedad estatal era la propiedad común, la propiedad del pueblo. Pero era francamente mentira, la propiedad de los medios de producción pertenecía a el Estado-Partido, es decir, a esa franja burocrática que se distanció cada vez más del pueblo. Estos poseían las empresas, pero no eran propietarios como tal y luego estaba la masa de trabajadores que no era ni una cosa ni la otra. Por ejemplo, la burocracia soviética ejercía la figura de proto burguesía, y a día de hoy, es la burguesía. Que se lo digan al presidente Putin.

La izquierda a mistificado el trabajo con especial celo, incluso hasta elevarlo no solo a esencia del ser humano, sino como principio contrapuesto al capital (contradicción capital-trabajo lo llaman), pero dicha contraposición no deja de ser un choque de intereses que se da dentro del mismo marco estructural, el fin absoluto del capital. Ha centrado todo su programa político en la “liberación del trabajo” y no en liberarse del trabajo. En cambio, la clase trabajadora no supo ver la transformación del esfuerzo en dinero como algo irracional, sino que lo vio como un orden positivo, o en el mejor de los casos, como algo neutral. El trabajo se consagró como un derecho humano, los reaccionarios gritan “trabajo para los nacionales” y los progresistas replican “trabajo digno para todos”, pero tanto unos como otros, se convirtieron en partidos del trabajo (partidos del capital), la democracia liberal no es más que la elección entre la peste o el cólera. La cooperación en su sentido más estricto que viene a ser “obrar juntamente con otro u otros para la consecución de un fin común”, entre Estado y capital es tan incuestionable y reciproca, que se puede ver cuando se entiende que el Estado no es una estructura autónoma, sino una estructura que depende de la explotación laboral como fuente principal de ingresos, ya que no es un organismo autónomo capaz de convertir el trabajo en capital. El Estado se muestra heterónomo frente al fetichismo de la sociedad del trabajo. El Estado de bienestar ha sido derrotado por la economía, cuando la explotación de capital se concentra en menos islas del mercado mundial, menos exhaustiva es la necesidad de aprovisionar a la población. La sobrepoblación de la que huyen las oligarquías financieras, se ve regulada por la ley de eutanasia social; puesto que el estatus de “sobrante” y el estatus de pobre se dan la mano. Todos aquellos medios garantes de abundancia que facilitarían el acceso a la sanidad, la educación, la cultura, etcétera… están bajo llave. La democracia a metamorfoseado en una cleptocracia corrupta, ha hecho del ejercito su banda armada y ha convertido a la policía en asaltante de caminos. No hay freno para esta decadencia, el colapso no es una fase finalista, es un proceso que empezó hace mucho tiempo, la sociedad del trabajo es un supuesto axiomático de la democracia política, no espero que una regule a la otra para evitar nuestro descalabre. El fraude objetivado tiene que explotar después de un cierto tiempo de incubación. La globalización nos prometía una unidad social, la democracia liberal, pero lejos de ello vemos como hay una progresiva fragmentación, incluso en el mundo laboral la idea de “precario” oculta que ya no existe idea común del trabajo. Tanto es así que ya tampoco puede haber experiencia común de su detenimiento, y que el viejo mito de la huelga general existe ya solo para ser depositado en el estante de los accesorios inútiles. Los conflictos laborales se han convertido en choques entre dos minorías (la gubernamental y la manifestante) ante la actitud impasible de una población espectadora.  

La superación del trabajo asalariado va forzosamente ligada a la supresión de la propiedad privada, concibiendo la supresión no solo desde el plano subjetivo de la ominosa disposición de los recursos por parte de unos pocos, sino que tenemos que entender que la propiedad estatal es un derivado de la propiedad privada ya que la propiedad se dirige y gestiona desde una comunidad de productores abstracta y externa al atomizado productor social. Es decir, ambos modelos de propiedad son obsoletos según avance la crisis de la sociedad del trabajo. Es en este punto donde aparece el colectivo que, a través del debate y el acuerdo, decide el nuevo uso que se le dará a los recursos. Organizándose de una forma escalonada (desde un ámbito local hasta el ámbito mundial) generará una identidad de consumidores- productores totalmente enajenada del mercado y el Estado. Ya no sería una “mano invisible” la reguladora del flujo de recursos, sino una actuación social y ecológica consciente. La producción se basará no en la rentabilidad y la ganancia sino en la necesidad social. ¿Qué pasaría con el dinero? Pues la representación material del valor existe mucho antes que el capitalismo, no es una consecuencia del mismo, de hecho podríamos hablar de un cambio de paradigma manteniendo la figura del dinero de por medio, siendo el colectivo productor remunerado según sus propios estatutos como pasó en la toma de fábricas en Argentina, donde las asambleas de trabajadores decidieron sobre su remuneración (cuantía y reparto), como también seguirá existiendo el intercambio de las mercancías producidas por dinero, pero ese ingreso no se regirá por la ganancia ni por la especulación de los excedentes, sino que su apropiación será para el colectivo, no para el capitalista ni para el Estado. Quedará el trabajo colectivo social que se remunera, que volverá a invertir, recuperará los gastos invertidos teniendo en cuenta, además, las necesidades de la comunidad (las familias de la clase trabajadora) saliendo su proyección del proceso de producción inmediato.

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