Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar

Negar lo que nos niega.

La palabra «progreso» viene del término latino progressus. En un sentido genérico indica avance o avanzar hacia delante, pues progressus está formado por el prefijo pro- (hacia delante) y el verbo gressus (ir o marchar). No obstante, la raíz de gressus es gradus que podemos traducir como peldaño. Es en el siglo XVIII cuando se empieza a gestar el concepto de progreso. En el seno de la Ilustración, la idea decimonónica de progreso indica que la humanidad tiende siempre a lo mejor gracias a la razón. Esta mejoría se evidenciaría tanto en la ciencia y en la técnica como en la moral, pero es tras la II Guerra Mundial a través de la Escuela de Frankfurt, cuando se pierde ese positivismo y se empieza a cuestionar que el progreso conlleva, ineludiblemente, un empeoramiento social y ético. De manera que la única forma aceptable de ser progresista en el siglo XXI es confiar en los avances de la ciencia y de la técnica, pero manteniendo una vigilancia constante en su desarrollo y aplicación. De esta manera la mayoría de las ideologías modernas cayeron fascinadas por su propia actualidad, y en su lectura lineal del pasado, vieron a la historia como una sucesión de pasos que conducían inevitablemente a la confirmación de sus propios dogmas, convirtiendo el pasado en un concepto abstracto. El ideal modernizador depende de la destrucción de modos de vida anteriores mientras se oculta este hecho bajo el pretexto de inaugurar un nuevo período político más maduro. Hoy en día podemos ver que todo ese proceso, que no progreso, está orientado estructuralmente al sustento e incentivo de la producción capitalista. Estructura a la que llamaremos megamáquina, abstracción del modelo social, productor y moral.

Es a Lewis Mumfor a quien le debemos el concepto de megamáquina, acuñado en su obra El mito de la máquina. Fue utilizado para designar toda organización técnica y jerárquica de unas estructuras sociales cuyos engranajes trituran y disuelven toda subjetividad y pensamiento crítico. Desde los Estados totalitarios, las democracias o el sistema financiero con sus megaestructuras transnacionales y omnipresentes han integrado al individuo en la esclavitud durante toda la historia. El proceso de industrialización supuso la separación forzosa y progresiva de las comunidades de sus medios de producción de bienes.

Pero también es cierto que, desde las clases populares, principales afectadas de estas tendencias a las que se les llama “progreso”, se han rebelado y organizado, para defenderse de toda tendencia que era nociva para su estilo de vida, como fue inauguralmente el movimiento ludita. La naciente burguesía inglesa, introdujo las maquinas no solo para aumentar la producción y abaratar los costes, sino para influir en la legislación concerniente a la propiedad de la tierra. De este modo se aprobaron leyes que permitían el cercamiento de las tierras comunales. Por ello, al nacer primero la fábrica como enemiga del taller y después la máquina como oposición al trabajo manual, se intenta acabar por todos los medios con esto. No quiero perder la oportunidad de reseñar que el movimiento ludita no es exclusivo del territorio británico, también en la península ibérica, en el año 1802 el taller de Ubach en Terrassa, se le prendió fuego a dicho taller, cuya función era la fabricación de maquinaria industrial.

La ceguera académica tilda al movimiento ludita, y su versión actual (neoludismo), como una tendencia pasadista alérgica a la innovación, retrógrada que, con su arcaísmo, se opone a la felicidad general que la ciencia prometía a la humanidad. Pero no hace falta indagar demasiado para mostrar que esa “felicidad” responde más a un horizonte que nunca llega o una falsa promesa paradisiaca que hipoteca el presente en el que vivimos. Pero por mucho que les pese a esos “sabios”, el movimiento ludita tiene un componente de aspiraciones claramente revolucionarias, pues es portador de aquel progreso que vale la pena salvar; el que nos reconcilia con la naturaleza y al individuo consigo mismo. Los luditas lucharon por defender un estilo de vida ligado a la comunidad, que les permitiese gozar de cierta libertad y autonomía frente al Estado, siendo conscientes de que la imposición del progreso tecnoindustrial conllevaría una fuerte deshumanización. Fueron unos adelantados, que supieron señalar a su enemigo cuando aún era un embrión de lo que es ahora, cosa que el conjunto del movimiento obrero ha necesitado dos siglos para darse cuenta, y todavía no lo ha entendido del todo.

            Siguiendo el hilo de la resistencia popular contra el progreso tecnófilo, me gustaría destacar la relación de la propiedad privada con la necesidad de la medición, de los impuestos, de las rentas de los grandes propietarios (y más adelante el salario), como parte de esa fractura que la industrialización forzó para separar al pueblo de los medios de producción (artesanado), convirtiéndolo o bien en esclavos o bien en asalariados. En el proceso de la medición vimos cómo se empezaron a elaborar censos de la tierra para evaluar su producción y calcular la parte correspondiente del poder (sacerdote, rey o amo), se establecieron calendarios fiscales o religiosos, que nada tenían que ver con los acontecimientos naturales. Los principales interesados del ejercicio de medición fueron los poderosos, los cuales detentaban los utensilios para poder llevarse a cabo, como fue el caso del Israel bíblico (los sacerdotes guardaban los patrones en Jerusalén) o Roma (los senadores los guardaban en el Capitolio). Toda normalización homogénea de la medición iba acompañada de una normalización monetaria. Este monopolio tuvo su resistencia en numerosos casos, como fue la imposición del cobro de rentas sobre la tierra bajo la aprobación en 1896 de la ley de Hacienda en base al Sistema Métrico Decimal (de ahora en adelante SMD) en Oaxaca, México. A finales de ese año, se dio una revuelta de indios amotinados, que liberaron a los presos y quemaron los archivos municipales, y tras la propagación por varias ciudades, consiguieron que se derogase la ley de Hacienda y se eliminase de los manuales escolares el SMD. En el caso de Brasil, la resistencia contra el SMD se da en 1871 y en 1873, en dos revueltas que compartieron el nombre de “quebra quilos” por su oposición a la ley de Registro Civil y el Censo, y el aumento de los precios en los comercios por la regularización de los pesos. En el caso de España, a raíz del compromiso en la Conferencia Internacional de París, se impone el SMD en todos los actos oficiales. Fue sobre todo en la revuelta cantonalista cuando se destruyen los modelos de pesos y medidas como símbolos del poder. Más tarde fue en Mas de Matas, un pueblo Aragonés, en 1933 cuando se proclama el comunismo libertario, dando quema a los archivos municipales, parroquiales y registros de la propiedad, al igual que a las copias de los patrones de pesas y medidas.

            Otra forma de resistencia, individual no tan populista, contra el progreso tecnófilo fue el atentado del anarquista francés Martial Bourdin de 26 años contra el Observatorio de Greenwich en 1894. El Observatorio es atravesado por el meridiano de Greenwich, o también conocido como meridiano cero, este fue adoptado para sustituir al meridiano de París en la Conferencia Internacional, celebrada en 1884 en Washington. El objetivo de este atentado fue la negación simbólica de la medición del mundo y sus coordenadas. Metros antes de llegar a su objetivo, la bomba que portaba detonó, llevándose la vida del joven anarquista por delante.

            Existe la hipótesis de que Bourdin quisiese atentar contra el reloj de la Puerta Real del Observatorio, instalado en 1855, ya que en 1880 el gobierno británico lo adoptó como hora estándar nacional (claro control del Estado de la vida diaria) y el primero en indicar el tiempo medio de Greenwich (la hora GMT). La idea de que Bourdin podría haber intentado usar su bomba para «detener el tiempo», o al menos para resaltar el control del gobierno sobre el uso del tiempo por parte de las personas, es ciertamente convincente. Nunca se sabrá con seguridad. Bourdin, aunque consciente y capaz de hablar durante algún tiempo después de sus horribles heridas, no reveló sus intenciones. Se sabe que otro observatorio británico fue un objetivo de bomba diez años después, cuando las sufragistas causaron «daños considerables» al Observatorio Real de Edimburgo, en mayo de 1913, y Greenwich iba a sufrir un bombardeo en un contexto muy diferente, en la Segunda Guerra Mundial.

            Actualmente, la fe ciega del progreso y el desarrollo se ha visto acompañada por aquellos que habiendo superado su apología de la “economía real”, tan nostálgica y necesitada del Estado, apuestan por el decrecimiento como forma de salvaguardar de forma extravagante a la economía como ciencia y al crecimiento moderado como moral. En un devenir frugal, nos dicen que la única alternativa al apocalipsis a la que nos arrastra el desarrollo desorbitado es consumir y producir menos, decrecer, simplicidad voluntaria. Curiosamente esta tendencia coincide con el gran salto de la tecnología. De hecho, los inventores del crecimiento cero eran un grupo de industriales y funcionarios que a través del Club de Roma se encargaron de elaborar el informe Los límites del crecimiento, encargado a su vez al Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT por las iniciales de su nombre en inglés). Esta convergencia, para nada fortuita, se da por el intento de reconstrucción del capitalismo sobre unas nuevas bases sociales. A esta nueva sociedad le conviene una nueva economía. El título de esta fase emergente podría ser el de “bioeconomía”, concibiendo al mundo como un sistema cerrado el cual hay que gestionar, siendo las personas; recursos humanos.

Los males inherentes de la era tecnológica giran en torno a la división del trabajo y a la especialización global (neocolonialismo), que concibe al mundo, desde una concepción teleológica, como un medio de explotación para un fin; su rentabilidad. La interacción entre tecnología y ciencia es, en la mayoría de los casos, la alienación por su falta de neutralidad. La separación de las distintas esferas sociales nos lleva a un medio insalubre para el individuo, cada vez más atomizado y expuesto a los intereses del mercado del consumo y la producción. Uno de los elementos clave de esta sociedad tecnocapitalista es el industrialismo, sistema que ha mecanizado la producción, creando un poder central basado en la explotación de la naturaleza y las personas, socavando las relaciones igualitarias.

La solución no pasa por el retorno histórico, ya que el devenir no es regresivo. Por este motivo, de nada vale las opciones de vida de “retorno a lo rural” o el aislamiento del exterior de algunas comunidades como los Amish, cuyas opciones han sido ya asimiladas por el capitalismo, incluso fomentadas como nuevos mercados. Negar lo que nos niega, se convierte en una ecuación positiva, en una opción creativa en un mundo de nueva posibilidad donde cada momento de nuestras vidas nos pertenezca.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: