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Soñé soñar.

Mundo onírico.

Es cuando dormimos, que nuestro consciente no precisa luchar contra nuestro inconsciente. Se da rienda suelta a nuestros miedos y deseos en un mundo de simbolismos y metáforas, en un viaje onírico tan efímero como finito, donde campan a sus anchas como preparando el accionar para cuando llegue el desvelo. Es a través de la forma creativa del inconsciente del sueño donde damos rienda suelta a nuestros tormentos e impulsos apremiantes en un lenguaje arcaico.

 La ampulosidad del sueño ha sido para muchos un tormento a la hora de discernir un conocimiento real de uno aparente. El problema viene cuando se piensa en esta dicotomía con la idea de que la apariencia (sueños) es la ausencia de la verdad, siendo este un planteamiento condicionante. Creer en la verdad como un único es conceptuar la realidad desde la matriz religiosa, concediendo a la verdad un talante poco menos que religioso, están quienes creen en un Dios en el cielo y están quienes creen en una verdad absoluta en la tierra. ¿Es acaso la realidad una verdad cerrada? Pensar en la apariencia como parte de la verdad es salirse del planteamiento binario de verdad/falsedad, introduciendo un tercer concepto solo perceptible a través del sueño donde uno puede sustraerse. Al fin y al cabo, todo es un relato interpretado desde la subjetividad del individuo, como decía Nietzsche “no hay hechos solo interpretaciones”. Los sueños rompen de lleno con la teoría de la verdad por correspondencia, ya que un sueño al ser apariencia de algo que es real para nosotros, no es la realidad directamente, por lo tanto, no es lo que dice o parece ser. Pero tampoco es falso porque así lo hemos percibido al soñarlo, es como si experimentásemos a través de nuestro sentir lo que es real y lo que no. Por ejemplo, a la pregunta de ¿hace frio? Si uno lo siente, afirmará que es real que hace frio porque concibe a través de su experiencia, para esa persona la verdad es que hace frio, pero para cualquier otra puede que no lo haga porque no siente tal grado de frio. Por eso reseño la frase de Nietzsche y la traslado a los sueños, porque los sueños pueden funcionar como un vehículo del conocimiento por ser algo que percibimos, algo que experimentamos, algo que nos muestra una verdad sin estar sujeta a la dictadura de la lógica.

El silencio es la antesala del sueño, silencio como metáfora de ruptura de la concepción produccionista; dejamos de expresarnos con los demás e incluso con nosotros mismos, es decir, dejamos de proyectar y materializar nuestra percepción para entrar en el mundo de los sueños, donde de una forma involuntaria volvemos a los dos caminos, al binomio de lo bueno y lo malo, los sueños donde lo que más deseamos se hace realidad o donde nuestros temores toman el control en forma de pesadillas.  La pesadilla en el fondo es la otra cara de nuestro deseo, que se desarrolla de una forma no tan explícita como nos gustaría, donde uno mismo deja de ser un agente activo y pasa a un papel secundario quedando a la merced de esos deseos ocultos de la consciencia del día. Lo realmente difícil viene cuando despertamos de una pesadilla, cuando tenemos que relatar una interpretación para poder entenderla. Con los recortes que hacemos de forma inconsciente a ese mismo relato, este proceso no deja de ser un auto análisis, análisis de un recuerdo. Porque eso son los sueños, el recuerdo de una percepción.

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